La Iglesia subsiste y existe

Por: Néstor Martínez Valls
 
En el Concilio Vaticano II, en la Constitución Dogmática Lumen Gentium, al hablar de la relación entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica, se ha prescindido del “es” que era usual en la teología pre-conciliar, la que afirmaba simplemente que la Iglesia de Cristo “es” la Iglesia Católica. Se prescindió de ese “es,” en la medida en que podría significar identificación exclusiva: si algo es cristiano, es católico en el sentido de pertenecer visiblemente a la Iglesia Católica. Contra esto, la Iglesia reconoce que fuera de la comunión visible con la Iglesia Católica hay Iglesias cristianas que tienen sucesión apostólica y sacramentos válidos (ortodoxos) y comunidades cristianas que tienen el Bautismo (protestantes) y, por ello, elementos de verdad y santidad que son bienes propios de la Iglesia de Cristo e impelen a la unidad católica.
 
Pero prescindir del “es” en la redacción del documento, ¿significa negarlo? Sí, en el sentido de identificación exclusiva que arriba vimos. ¿En todo otro sentido?
 
¿Qué otro sentido podría ser? Identificación plena. Es decir, aquel sujeto en que reside en plenitud una cualidad dada, sin que ello impida diversas realizaciones parciales, fuera de dicho sujeto, de esa cualidad.
 
Así, por ejemplo, sólo Dios “es” plenamente, porque sólo Él se identifica irrestrictamente con la “cualidad” de “ser”. Las creaturas, sin embargo, no es que no sean nada: participan del ser, poseen en forma imperfecta, parcial, eso que Dios es en forma plena y total.
 
Cuando decimos que la Iglesia de Cristo “subsiste en” la Iglesia Católica ¿estamos hablando de esa identificación plena, entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica?
 
Algunos niegan esto, pues afirman que la Iglesia de Cristo puede subsistir también en otras Iglesias distintas de la Católica.
 
Pero entonces, parece que ninguna de esas “subsistencias” implicaría una identificación plena. De eso se seguiría que la Iglesia de Cristo como tal no existe hoy entre nosotros, sino solamente “partes” o realizaciones parciales e imperfectas suyas. No nos referimos aquí a la imperfección que viene de los pecados y limitaciones humanas, que ésa la Iglesia la tendrá siempre mientras peregrine en la historia, sino a una imperfección en cuanto Iglesia de Cristo, es decir, a un no ser, pura y simplemente, la Iglesia de Cristo, sino solamente una parte o fragmento de la misma.
 
Pongamos un ejemplo para aclarar. La foto de un escritor famoso, una obra escrita por él, la ropa que usaba, la casa en que vivía, etc., de algún modo “participan” de su ser, de su personalidad, pero sólo la persona del escritor “es,” pura y simplemente, él mismo. Si el subsistit in se toma en este sentido de identificación plena, pura y simple, es claro que sólo puede haber una “subsistencia” del tal escritor, lo demás serán participaciones, expresiones limitadas e imperfectas de su personalidad.
 
Si, por el contrario, sólo podemos decir, respecto de ese escritor, que hay una pluralidad de “subsistencias” suyas, que consisten en recuerdos, obras, fotografías, posesiones, etc., eso es otra forma de decir que el escritor en cuestión, hoy día, no existe entre nosotros.
 
El primer sentido de “subsistir,” como identificación plena, es en realidad el único aceptable: los múltiples recuerdos, imágenes, obras, etc., del escritor, no son en realidad “subsistencias” suyas, sino participaciones, reflejos, de su personalidad.
 
Por eso decimos, que si la Iglesia de Cristo no subsiste únicamente en la Iglesia Católica, entonces no subsiste sin más y entonces no existe hoy día entre nosotros.
 
Pero entonces vemos que este sentido del subsistit in, único aceptable, equivale propiamente al “es,” entendido, no en el sentido de identificación exclusiva, pero sí en el de identificación plena. La Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica, porque sólo en la Iglesia Católica subsiste, es decir, se realiza en plenitud, y por tanto, pura y simplemente, la Iglesia de Cristo.
 
De lo contrario, si decimos que la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica pero no es la Iglesia Católica, ¿deberemos decir entonces que subsiste pero no existe? Porque si no es la Iglesia Católica, lo lógico es pensar que tampoco “es” ninguna de las otras Iglesias. Y entonces ¿existe todavía?
 
Por otra parte, tampoco podría decirse que la Iglesia de Cristo “subsiste en” el conjunto de las Iglesias cristianas históricamente existentes hoy día. Porque dicho conjunto carece de unidad visible, que es como vimos una nota esencial de la Iglesia de Cristo. Y la unidad puramente invisible no es tampoco la unidad que la fe cristiana reconoce a la Iglesia.
 
Vladimir Soloviev fue un cristiano ortodoxo ruso que reconocía el primado del Papa. Sin embargo, no veía la necesidad de convertirse al catolicismo, porque según él, la unidad mística, invisible, de la Iglesia de Cristo no ha sido perjudicada por la ruptura visible. El ya era plenamente católico, decía, siendo ortodoxo, por esa unidad mística e invisible.
 
Contra esto, la Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II enseña que la Iglesia de Cristo es una sola realidad que tiene dos dimensiones constitutivas: la visible e histórica, y la invisible o mistérica. No hay dos Iglesias, la visible y la invisible, sino una sola Iglesia con dos dimensiones, la visible y la invisible. Así dice en el n. 8:
 
“Cristo, Mediador único, estableció su Iglesia santa, comunidad de fe, de esperanza y de caridad en este mundo como una trabazón visible, y la mantiene constantemente, por la cual comunica a todos la verdad y la gracia. Pero la sociedad dotada de órganos jerárquicos, y el cuerpo místico de Cristo, reunión visible y comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia dotada de bienes celestiales, no han de considerarse como dos cosas, porque forman una realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino. Por esta profunda analogía se asimila al Misterio del Verbo encarnado. Pues como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como órgano de salvación a Él indisolublemente unido, de forma semejante la unión social de la Iglesia sirve al Espíritu de Cristo, que la vivifica, para el incremento del cuerpo (cf. Efesios 4,16).”
 
Por tanto, la ruptura visible e histórica es una ruptura en la única Iglesia de Cristo: no hay forma de conservar la plena comunión a nivel puramente espiritual, si se ha roto la comunión en el plano histórico e institucional.
 
En el extremo opuesto, al menos por lo que conocemos de su doctrina, la reciente vidente Vassula Ryden, griega ortodoxa, presenta una visión de la Iglesia de Cristo rota, partida en dos mitades que deben ser reunidas para que vuelva a existir la Iglesia Una. Esto tampoco es aceptable para la doctrina católica. El dicho del Señor: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella,” implica la indefectibilidad de la Iglesia, según la promesa del mismo Señor: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.
 
Si la Iglesia se hubiese partido en dos, habría perdido su unidad y, por tanto, su ser: las puertas del infierno habrían prevalecido, después de todo, sobre ella. De nada serviría que el Señor quisiese reconstruirla por medio de Vassula y sus adeptos, porque ante todo, ese “Señor” ya habría perdido el derecho a ser creído y adorado, habiendo predicho, en esta hipótesis, algo que no se cumplió, y habiendo prometido, en esa misma hipótesis, algo que no pudo cumplir.
 
Por tanto, no podemos pensar que la ruptura entre la Iglesia Católica y las Iglesias y comunidades cristianas separadas de Roma haya sido una ruptura de la Iglesia Católica misma. La pérdida de la unidad entre esas Iglesias y la Iglesia Universal no ha sido pérdida de unidad de esa Iglesia Universal misma. Las Iglesias locales integran la unidad de la Iglesia Universal en tanto se mantienen en comunión con el centro de la catolicidad, que es la sede de Pedro. La unidad de la Iglesia no surge de un simple entrecruzamiento multilateral de Iglesias locales (que existe sin duda, y es parte de la vida de la Iglesia) sino de la referencia de todas ellas al centro de la catolicidad, que está en Roma. Cuando algunas Iglesias locales se separan de dicho centro, se separan de la unidad católica, pero no pueden destruirla, porque para eso deberían poder destruir la comunión de las otras Iglesias locales, las que permanecen en comunión con la Iglesia Universal, con el centro petrino, y a ese centro mismo.
 
Contra la eclesiología excesivamente espiritualista y optimista de Soloviev, entonces, hay que decir que la ruptura de la unidad visible con la Iglesia Católica es ruptura de la unidad con la Iglesia Católica sin más. Contra la eclesiología excesivamente pesimista que trasuntan los mensajes de Vassula Ryden, hay que decir que la ruptura de la unidad con la Iglesia Católica no es ruptura de la unidad de la Iglesia Católica, ni por tanto tampoco ruptura de la unidad de la Iglesia de Cristo, que subsiste en la Iglesia Católica, porque es, en el sentido de identificación plena, no exclusiva, la Iglesia Católica.
 
Eso no quiere decir que, sin atentar contra la unidad de la Iglesia que confesamos en el Credo, las rupturas y separaciones no hayan sí dañado grandemente a la misma Iglesia Católica, al privarla de elementos o características que desde entonces faltan o no están tan presentes como deberían en el concierto de la catolicidad. Así se entiende el deseo expresado por el Papa Juan Pablo II de que la Iglesia pueda volver a respirar, cuanto antes, con sus dos pulmones: el occidental y oriental. Dice, por ejemplo, en Novo Milenio Ineunte, §48:
 
“En esta perspectiva de renovado camino postjubilar, miro con gran esperanza a las Iglesias de Oriente, deseando que se recupere plenamente ese intercambio de dones que ha enriquecido la Iglesia del primer milenio. El recuerdo del tiempo en que la Iglesia respiraba con “dos pulmones” ha de impulsar a los cristianos de oriente y occidente a caminar juntos, en la unidad de la fe y en el respeto de las legítimas diferencias, acogiéndose y apoyándose mutuamente como miembros del único Cuerpo de Cristo.”
 
Lo cual no se ha de confundir, sin embargo, con otra expresión que a veces se oye, y que distingue y pone como al mismo nivel, a la “Iglesia oriental” y la “Iglesia occidental”. La Iglesia Católica quedaría así reducida a ser la “Iglesia latina” o la “Iglesia occidental,” lo cual contradice su nombre mismo, ya que el significado de “católico” es “universal” y, obviamente, sólo puede haber una Iglesia universal, que no puede ser ni solamente occidental ni solamente oriental.
 
Más bien habría que decir, desarrollando la imagen del Papa Juan Pablo II, que el problema con los cismas y rupturas es justamente que hoy día el pulmón oriental de la Iglesia no está en plena comunión con el resto del Cuerpo de Cristo.
 
Por la misma razón, si bien históricamente se puede hablar de una “Iglesia ortodoxa,” teológicamente no creemos que se pueda, porque falta precisamente un centro visible y jerárquico de unidad de las muchas Iglesias locales de Oriente que se han separado de la comunión con la sede petrina. Es por esto, también, que la expresión “iglesias hermanas” puede aplicarse a Iglesias locales católicas y ortodoxas, pero no a la Iglesia Católica en su conjunto respecto de otra “Iglesia ortodoxa” que estaría a su mismo nivel, como “hermana,” pero que en realidad no tiene otra consistencia teológica que la de una pluralidad de Iglesias locales. Y sobre todo, que no puede haber una “hermana” de la Iglesia Universal.
 
Dice así la Nota sobre la expresión Iglesias hermanas de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del 30 de Junio del 2000:
 
“En efecto, en sentido propio, Iglesias hermanas son exclusivamente las Iglesias particulares (o las agrupaciones de Iglesias particulares: por ejemplo, los Patriarcados y las Metropolías). Debe quedar siempre claro, incluso cuando la expresión Iglesias hermanas es usada en este sentido propio, que la Iglesia universal, una, santa, católica y apostólica, no es hermana sino madre de todas las Iglesias particulares.
 
11. Se puede hablar de Iglesias hermanas, en sentido propio, también en referencia a Iglesias particulares católicas y no católicas; y por lo tanto también la Iglesia particular de Roma puede ser llamada hermana de todas las Iglesias particulares. Pero, como ya ha sido recordado, no se puede decir propiamente que la Iglesia católica sea hermana de una Iglesia particular o grupo de Iglesias. No se trata solamente de una cuestión terminológica, sino sobre todo de respetar una verdad fundamental de la fe católica: la de la unicidad de la Iglesia de Jesucristo. Existe, en efecto, una única Iglesia, y por eso el plural Iglesias se puede referir solamente a las Iglesias particulares.
 
“En consecuencia es de evitar, como fuente de malentendidos y de confusión teológica, el uso de fórmulas como “nuestras dos Iglesias,” que insinúan —cuando se aplican a la Iglesia católica y al conjunto de las Iglesias ortodoxas, o de una Iglesia ortodoxa — un plural no solamente al nivel de Iglesias particulares, sino también al nivel de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, confesada en el Credo, cuya existencia real aparece así ofuscada.
 
En fin, se debe también tener presente que la expresión Iglesias hermanas en sentido propio, como es testimoniado por la Tradición común de Occidente y Oriente, puede ser aplicada exclusivamente a aquellas comunidades que han conservado válidamente el Episcopado y la Eucaristía.”
 
Sin embargo, la ruptura de la comunión de las Iglesias y comunidades cristianas no católicas con la Iglesia Católica no es absoluta ni total. Desde la polémica de San Cipriano de Cartago con el Papa Esteban, por lo menos, quedó claro que puede haber Bautismo válidamente administrado fuera de los límites visibles de la Iglesia. El santo obispo africano sostenía que sólo era sacramento el bautismo administrado dentro de la Iglesia Católica, mientras que el Papa defendía la verdad tradicional de que la eficacia de los sacramentos no depende de la santidad u ortodoxia personal del ministro humano, sino solamente de Cristo y de que se cumpla con los requisitos propios del gesto sacramental. Por lo cual, sostuvo el Papa, el bautismo administrado fuera de la comunión visible con la Iglesia puede ser válido; concretamente, el bautismo que los herejes conferían a sus seguidores en sus congregaciones.
 
Esta relativa independencia de la validez sacramental respecto de la estructura visible de la Iglesia es la que fundamenta teológicamente la afirmación de que las Iglesias y comunidades cristianas separadas poseen verdaderos sacramentos, sea que los tienen todos, como es el caso de los ortodoxos, o al menos el Bautismo, como es el caso de los protestantes. Y esto alcanza para que puedan ser legítimamente llamados “cristianos” y para que entonces se plantee como exigencia el lograr la plena comunión de todos los cristianos, hoy día separados de muchos modos, en la única Iglesia de Cristo, que es el sentido de la tarea ecuménica.